La mañana del Beaufort
A las cinco y media, el valle apenas respiraba. Aparcamos junto a una toma trifásica de la cooperativa, pedimos permiso y asistimos al corte del cuajo. Mientras el coche sumaba porcentaje, probamos granos dulces, escuchamos historias de pastores y compramos un trozo pequeño. Condujimos después en silencio, con el maletero perfumado y la certeza de que la pausa añadió sentido, no retraso.